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"Unha ventá para o recordo"
A Vilagarcía antiga
 
PERSONAXES NA HISTORIA DE VILAGARCÍA DE AROUSA 
 
Luis López Ballesteros, Señor de la Golpelleira - Por Víctor Viana
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El hidalgo y señor de la Golpelleira, Luis López Ballesteros, era hijo del también dueño de dicho pazo, Diego López Ballesteros, que había hecho su fortuna como comerciante en México, en donde participó en su defensa como capitán del "Regimiento de Comercio”, unidad militar formada por comerciantes para la defensa del territorio. Vuelto Diego de México, reconstruye el pazo y casa con María Vicenta Antonia y Varela y Verea, y nace Luis López Ballesteros en el pazo de la Golpelleira el 21 de junio de 1782. Tras estudiar las primeras letras y Humanidades en Vilagarcía, inicia la carrera de Derecho en la Universidad de Santiago, llegando solo hasta el tercer año, al tener que regresar a La Golpelleira por la muerte de su madre, ya viuda, y tener que hacerse cargo de los negocios familiares. Probablemente la vida de Luis López Ballesteros hubiera continuado como la de un sencillo hacendado, a no ser por la Guerra de Independencia que le llevó a ocupar puestos importantes en la defensa de la misma.Fue nombrado en 1808 Vocal de Subsidios de la Junta Provincial de Santiago, y en su comarca se encargó de organizar su defensa junto con el marino José Brandaríz. No fue por ello extraño, que cuando al año siguiente los franceses llegan a Vilagarcía, uno de sus objetivos principales fuera La Golpelleira y especialmente Luis López Ballesteros. Al formase la Junta Superior de Galicia, órgano supremo para la defensa de la región, Luis López Ballesteros fue nombrado vocal de la Junta de Subsidios, encarg&aacu...Leer la continuación
Escrito por Víctor Viana •   Agregar un comentario   2 comentarios
 
Raimundo García Domínguez (Borobó) y Vilagarcía
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Con motivo del homenaje que el Concello de Pontecesures conmemora el centenario del nacimiento de Raimundo García Domínguez, “Borobó”, figura ilustre de aquella localidad, deseo unirme al mismo, recordando su gran relación que mantuvo con Vilagarcía. Cuenta la Asociación de Periodistas de Santiago de Compostela, en la biografía que hicieron de este compañero, que el seudónimo “Borobó” está basado en los recuerdos de su infancia cuando pasaba temporadas con sus abuelos don Elisardo Domínguez Rozados de Cequeril, en Cuntis), y doña Manuela Sierra Novo, de Pontecesures. Don Elisardo había hecho una pequeña fortuna en Uruguay y se instaló en Caldas de Reis donde compró las termas de Acuña y preparó un sótano y una planta con los baños; luego le dio altura y construyó el Hotel-Balneario sobre el río Umia, al lado del puente. Allá por el verano de 1917, el pequeño Raimundo balbuceaba “boroboroboroboro” mientras repartía hojas de periódicos por el salón del hotel a los clientes del mismo; con el nombre de “Boroboro” era conocido un mendigo con barbas que recorría las calles de aquella ciudad recitando una serie de palabras de las que sólo se podía entender dicho sonido; el niño Raimundo asociaba con él a todos los que iban provistos de largas barbas. La relación de su familia con Vilagarcía ya le viene desde épocas pasadas puesto que su...Leer la continuación
Escrito por Daniel Garrido •   Agregar un comentario   0 comentarios
 
Antonio Domingo de Mendoza Caamaño y Sotomayor, Virrey de Valencia

Antonio Domingo de Mendoza Caamaño y Sotomayor, Virrey de Valencia- Hijo del primer marqués de Vilagarcía Don Mauro y de Dña. Urraca de Mendoza

09/11/2016 12:23:46
Hijo del primer marqués de Vilagarcía, don Mauro, y de su sobrina doña Urraca de Mendoza, heredó como tal, el mayorazgo de Vista Alegre y Barrantes y el II Marquesado de Villagarcía. Tuvo otros cinco hermanos, uno de los cuales, don Baltasar de Mendoza Caamaño y Sotomayor fue colegial en el Colegio Mayor de Oviedo, familiar del Santo Oficio, canónigo y Dignidad de la Catedral de Santiago y por último, sumiller de cortina de S.M.
 
Antonio Domingo de Mendoza casó con Juana Catalina de Rivera Ibáñez de Segovia Ronquillo y Fonseca, según las capitulaciones matrimoniales formalizadas en Santiago el 2 de mayo de 1660. Tuvo tres hijos, uno de los cuales, Antonio José, fue virrey del Perú en momentos muy difíciles para la monarquía española. El segundo, Álvaro, fue sumiller de cortina de S.M. y además arcediano de Trastámara, y la tercera, María Antonia, fue condesa de Villardompardo. El padre Crespo del Pozo anota que tuvo otro hijo, Fernando que llegaría al cargo de arzobispo de Farsalia. La importancia de Antonio Domingo en su cargo de virrey de Valencia radica en dos supuestos importantes: de una parte porque fue el Ultimo virrey que tuvo Valencia y la segunda, por la época tan delicada que le toco vivir.
 
Fue nombrado virrey de Valencia en 1700 cuando el rey Carlos II estaba enfermo. Ya instalado en la capital levantina recibe el 3 de octubre de dicho año la noticia del fallecimiento del monarca, acompañada de su testamento, fechado el día 2, con el nombramiento de su sucesor en el trono, Felipe V. Hasta la llegada del nuevo rey, se designa una junta formada por el presidente del Consejo de Castilla, el presidente o vicecanciller de Aragón, el arzobispo de Toledo, el inquisidor general, un grande de España, un consejero de Estado y la reina.
 
Una de los primeros actos de la Junta es ratificar al virrey Antonio de Mendoza en su cargo todo el tiempo que falte para cumplir su trienio o cuanto menos hasta la llegada del nuevo rey, notificándole que el gobierno y negocios del reino sigan “corriendo la misma planta que hasta ahora”, lo cual significa, en lo político, que la Junta tenía plena confianza en el virrey, al margen de su popularidad en el territorio. Ello es importante para nuestro personaje, ya que el hasta entonces virrey de Cataluña, el príncipe Darmstad, pierde la confianza de las nuevas autoridades, a causa de su ascendencia austriaca y es expulsado del cargo “pese a la gran estima popular de la que gozaba".
 
El virrey comunica al consejo de Aragón que las Ultimas Ordenes habían sido cumplidas y que no se había producido ninguna alteración en el territorio, “ni tan siquiera algún indicio, de resistencia o descontento. De hecho resalta la buena disposición de la generalidad y el municipio, y recomienda les sea reconocido debidamente”.
 
Aunque la capital parece tranquila, el virrey da a conocer al resto del territorio la nueva política del momento para lo cual envía despachos a los territorios junto con las clausulas del testamento. Esta actividad se hace conjuntamente con la de la Junta de Madrid, que envía personalmente a los oficiales reales más importantes dicha documentación, y a todos los ratifica en su cargo, con los mismos emolumentos, preeminencias y derechos que tenían cuando vivía el monarca que acababa de fallecer.
 
Todo ello va unido a una información documental a los arzobispos, obispos, abades, priores, duques, marqueses, etc. en prevención de cualquier resistencia que pudiera surgir ante el nombramiento del nuevo rey.
 
En un principio los estamentos valencianos aceptan la nueva situación, hasta el extremo de que las autoridades municipales desearon acudir a la corte para expresar su obediencia al nuevo rey, pero se les notifica a través del virrey que no deben acudir a Madrid hasta
la llegada del monarca, y que, en todo caso, ello se haría con los estamentos completos del reino de Valencia, entre los cuales se encuentra, lógicamente, el municipal. Todo parecía muy normal ante la nueva situación, pero Antonio de Mendoza sabia de la existencia de un fondo de resquemor hacia los franceses, y es ante este problema que tiene que demostrar su capacidad de negociación, sobre todo ante los comerciantes levantinos.
 
Este poso anti francés venía de antiguo, pero los Borbones lo incrementaron a base de una serie de leyes, tal como la que equiparaba a los barcos de bandera francesa con los españoles, al no eximirles del pago del derecho de anclaje al que se sometían todos los barcos extranjeros que llegaban a un puerto español. Ello les supuso una ventaja económica respecto de los españoles, que el gobierno francés supo utilizar cuando empleaba sus barcos para abastecer a la armada fletada por Luis XIV en las costas españolas. Si a ello unimos la extrema pobreza en barcos que por entonces tenía España,  traerá como resultado que los barcos franceses abusaron en extremo de esta situación para un comercio intensivo, sin necesidad de pagar los derechos correspondientes a todo barco extranjero.
 
Una nueva muestra pro francesa es la que obliga a las autoridades, y así lo ordena el virrey a sus gobernadores, a que se prohíba la entrada de cualquier género procedente de Hamburgo, “salvo que traigan pasaporte o certificación que demuestre que su carga procede de un país amigo”.
 
Otro problema importante que se le presenta al virrey son las nuevas leyes que emite la Junta de Madrid en orden a presentar a la nueva monarquía como “católica", en oposición a sus enemigos (lnglaterra, Alemania, Holanda), que son protestantes. Por ello una de las primeras medidas es la que afecta a ingleses e irlandeses que viven en la costa valenciana: no se les podrá molestar en el caso de que sean católicos y lleven diez años de residencia en la costa levantina o de que estén casados con españolas. En este caso se les permitirá comerciar libremente, adquirir y vender bienes raíces. Esta medida, que posteriormente se aplicara a |os holandeses, pretende hacer ver a los valencianos que los nuevos gobernantes son defensores de la fe católica y que son tan católicos como los españoles.
 
Otra medida con igual pretensión religiosa es la que afecta a los franceses protestantes. Hasta el momento dependían de |os consulados holandés e inglés, pero dichos franceses solicitan depender del francés — al fin y al cabo eran franceses — en el caso de guerra, que veían próxima. Las autoridades indican que bajo ningún pretexto se les considere franceses, y el virrey Antonio de Mendoza recibe una comunicación de Madrid, en la que se le indica “que en ningún momento se consienta esta mudanza de consulado, a menos que tenga la aprobación de las cónsules franceses”. Sin embargo todas estas medidas no contaron desde el principio con el asentimiento de los valencianos ya que entorpecía su comercio tradicional.
 
Tras la declaración de guerra contra las potencias aliadas, los problemas del virrey aumentan al prohibirse el comercio y, por lo tanto, la entrada de cualquier navío de dichas naciones, al tiempo que se expulsaba a los que ya estuvieran en puerto. Ocurre entonces, que en julio de 1702, los diputados y el gobernador de Alicante se dirigieron al virrey para solicitar el paso libre a ciertas mercancías que han venido en navíos venecianos y franceses. Sus destinatarios son  diferentes comerciantes que concertaron su adquisición en Inglaterra y Holanda antes de la declaración de guerra. Además los comerciantes presentan todos los papeles relativos a dicho negocio para confirmar la veracidad de su afirmación”.
 
Don Antonio escribe al gobernador de Alicante indicándole que admita dichos géneros “sin molestia, gastos ni fraudes”, y acto seguido escribe al rey Felipe V para solicitar la aprobación de su decisión haciendo notar que si no se ha pedido antes su refrendo, “ha sido debido a lo delicado de la materia, y al gran perjuicio que para los comunes alicantinos podría suponer una dilación”.
 
Todo el problema derivado de la confiscación de materias procedentes de naves extranjeras o géneros de países en guerra no era un problema sencillo ya que además de perjudicar a los comerciantes valencianos implicados, “merma las rentas de instituciones que contribuyen, o lo harán en el futuro, al real servicio”. El propio virrey señala que “el gran perjuicio que se puede causar a los comunes, obliga a adoptar posturas moderadas”. Es consciente don Antonio que una “actuación demasiado impulsiva puede violar los fueros del reino y acarrear serias consecuencias”.
 
Conocedor Mendoza de los problemas que podrían traer acciones demasiado enérgicas en un reino apegado a sus fueros y tradiciones, le notifica su opinión al rey, que respalda enteramente la actuación de su lugarteniente en Valencia. No tarda mucho en ocurrir lo que temía el virrey: las autoridades embargan una mercancía procedente de Silesia, y los electos de contrafuero piensan que esta decisión contraviene Io estipulado en el fuero 32 de las Cortes de 1645, en vista de lo cual Mendoza interviene y los valencianos aceptan no llevar adelante el contrafuero a cambio de que el gobernador de Alicante paralice las acciones propuestas sobre el embargo.
 
Tal como anota el historiador Sergio Villamarín Gómez,“el ejercicio de la política diseñada por la junta de confiscaciones de la corte, va a contar con serios problemas para llevarse a cabo tal y como habían previsto, ya que las garantías forales suponen un indudable freno. A sabiendas de ello, pero conscientes de la necesidad de actuar contra los ciudadanos ingleses y holandeses, desde Madrid notifican la manera de transmitir las ordenes a las oficiales del rey, acompañándolas de recomendaciones sobre la legalidad foral. Así sucede con las numerosas cartas que envían para solicitar la inspección de bienes, libros de contabilidad y demás efectos de ciudadanos nativos de los países reseñados. La característica orden de inspección, expedida por la junta de confiscaciones para conocer el estado de las posesiones de nativos de los países aliados, iba acompañada de otra que aseguraba en su ejecución la estricta observancia de los fueros valencianos”.
 
Mientras se formalizan las primeras confiscaciones, el marqués de Vilagarcía debe supervisar que las ordenes sean ejecutadas dentro del respeto a los fueros. Ocurre entonces que las numerosas confiscaciones llegan a plantear al virrey la posibilidad de un desabastecimiento de mercancías, por lo que “ante la escasez de abastecimiento de pescado durante los días de ayuno, se ve obligado a solicitar permiso para aceptar toda la pesca salada que llegase. La cuestión obliga al rey a modificar sus planes; siempre que arribara a las puertos valencianos a bordo de embarcaciones de potencias aliadas o neutrales no se le pondrá objeción alguna; ni aún en el caso de que la pesca procediera de territorios enemigos
 
Comenta el citado historiador Villamarín Gómez que “la realidad, como siempre, acaba imponiéndose y haciendo más difícil compaginar los intereses en juego. Sin embargo, desde la monarquía se están estudiando medidas más drásticas. El consejo, indica al marqués de Villagarcía que está sopesando la posibilidad de una expulsión de los súbditos de las potencias aliadas de los dominios del rey. La idea es sugerencia del embajador de Francia en la corte. Una de las causas, las presiones que los comerciantes franceses ejercen con objeto de echar a los ingleses de Alicante. Para tomar una decisión, solicitan un informe. El virrey le recuerda las órdenes enviadas acerca de las ingleses, holandeses e irlandeses connaturalizados en el reino. La respuesta de Madrid es obvia, todos aquellos que en el momento presente no gozaran de ese status, deberán ser expulsados. 'Tras su inmediata deportación, se refugiaron en la vecina Elche. Una vez informado, Felipe V aclara el contenido de las órdenes. Su intención no es que salgan de Alicante, es que abandonen cualquiera de sus reinos. El marqués de Villagarcía es apremiado a actuar en consecuencia.
 
Otro problema que se le plantea al virrey de Valencia es el que se deriva de las pocas licencias que tenía el reino con relación a Cataluña y Aragón, que en estas circunstancias suponían una menor entrada “legal” de mercancías y, en consecuencia, el desabastecimiento. La consecuencia inmediata fue el contrabando y la necesidad de inspeccionar los buques para descubrirlos, pero como de acuerdo con las leyes vigentes se equiparaba el comercio y los barcos españoles a los franceses, el virrey se encuentra en la situación de no poder inspeccionar buques franceses. Ante la duda sobre la probable actuación de las autoridades, Caamaño pregunta a la corte cual debe ser su actuación. La respuesta es tajante: viniendo de puerto francés no puede entrar contrabando a España. Todo este claro apoyo a los comerciantes franceses en detrimento de los valencianos era bien conocido por el virrey y por lo tanto de las autoridades de Madrid, y al final supondrán un papel importante en las revueltas anti borbónicas así como en la toma de posición del reino a favor de las potencias austracistas.
 
Por otra parte, el campesinado valenciano tenía una larga tradición de lucha contra el poder representado por la nobleza, la iglesia y la monarquía, a causa de las pesadas cargas económicas a las que tenía que hacer frente por el arriendo de las tierras. A ello se unía el mantenimiento de las tropas reales, que en años pasados, a su paso por Valencia hacia Cataluña en las guerras contra los franceses, tenía que hacer frente el campesino valenciano.
 
Por todo ello resulta fácil comprender que el antiguo reino de Aragón se inclinara hacia el bando de la “Gran Alianza de la Haya” y del archiduque Carlos de Austria, cuyos representantes en la zona alentaban al levantamiento contra Felipe V sobre la base de bandos que prometían la anulación de impuestos y el mantenimiento de las prerrogativas legales del reino de Aragón El virrey Antonio de Mendoza se decidió desde el principio por mantener el orden y la obediencia en torno a Felipe V. Persiguió por ello a los defensores del archiduque e incluso trasladó a 14 dirigentes del bando austriaco a Ibiza, por su conducta anti borbónica, en un intento de apaciguar los ánimos.
 
Militarmente estaba en inferioridad de condiciones para mantener el orden, y mucho menos para luchar contra un ejército bien preparado como era el del bando austriaco. Además, las escasas milicias urbanas y rurales con que contaba no eran de fiar ya que no ignoraba el virrey que tan pronto entraran en combate se pasarían al enemigo. Cuando en 1704 era de dominio público una próxima invasión de los austriacos — probablemente en las costas de Alicante-, hace una llamada general a los súbditos, en perfecto valenciano, encabezada de la siguiente forma: “De part del Illustrisim y Excellentisim Sefior Don Antoni Domingo de Mendoza, Caamaño y Sotomayor, Marqués de Villagarcia, Conde Barrantes, Señor de Vistalegre y Rubianes, Alcayt Major y perpetuo de les fortaleces de Arbeteta, Cavaller de la Orde de San Jaume de la Espasa, Gentilhom de la Cambra de Sa Magestat y de sos Consells Supremos de Italia y Guerra, llirrey y Capita General en la presente ciutat y Regne de Valencia...“.
 
Sigue a continuación una tajante orden, cuya traducción al castellano es como Sigue: “Ordena y manda que cualquier persona de cualquier estado o condición que tenga en su poder el papel sobredicho (esparcidos por los enemigos de la Corona que vulneran el honor de la Patria), así impreso como manuscrito y otros cualesquiera concernientes al fin contenido y expresado en aquel, los manifieste a Su Excelencia o a cualquiera de los Nobles y Magníficos Doctores del Real Consejo Criminal dentro de veinticuatro horas después de la publicación del presente publico y real Llamamiento y en las Ciudades, Villas y lugares del presente Reino a los Gobernadores, Jueces, o Justicias bajo la pena de muerte natural y de confiscación de todos sus bienes y cualquieras otras penas en que según derecho, fueros y pragmáticas del presente Reino incurriesen los reos de lesa Majestad in primo capite, sin remisión alguna.
“Ittem, ordena y manda que cualquier persona de cualquier estado y condición que sea, que sepa o tenga noticia que otra persona o personas, conservaran y guardaran en su poder los referidos papeles y no los manifestaran dentro del término expresado en lo capital antecedente, y no lo delatara y acusara a Su Excelencia u otro de los Nobles o Magníficos Doctores del Real Consejo Criminal, y en las demás partes del Reino a los Gobernadores, Jueces o Justicias, incurra en la pena de dos años de galeras o penas mayores hasta la muerte natural, inclusive, según la calidad de la persona y omisión al arbitrio de Su Excelencia.
 
“Ittem, ordena y manda que cualquier persona de cualquier estado y condición que sea que delatara o acusara dando pruebas concluyentes a los que introducen en las estafetas o esparcen dichos papeles o cualquiera de aquellos, o introduciran y esparcieran, ofrecerles en premio la cantidad de cincuenta libras moneda Real de Valencia... y que se les guardará secreto... ”. Y finaliza con los términos habituales: “Y pera que vinga a noticia de tots Sa Excelencia mana fer y publicar la present publica Real Crida en la present Ciutat de Valencia y llochs acostumats de aquella y hon convinga y sianecesari”.
 
Mendoza sabía de la existencia de pasquines anti borbónicos de los partidarios del archiduque porque tenía una red de espías en el reino. Recientemente se han descubierto algunos de estos pasquines junto con una carta de denuncia de uno de dichos espías, un tal Damia Cerda, de Jativa, quien acusa a un tal Jaume el Sucrer (Jaime el azucarero), de “acoger en su casa en las noches reuniones conspiradoras a favor del archiduque Carlos de Austria”. En dicha carta se denuncia también que a esas reuniones acudía un fraile capuchino.
 
Dice a este respecto el historiador Joan Alonso, que en aquella época eran frecuentes las reuniones clandestinas de este tipo, “donde se promovió la causa austriaca y donde participó activamente el clero” . En enero de 1.705, el virrey avisa a las autoridades de Madrid que prácticamente esta desamparado ante la flota enemiga y que muy probablemente el desembarco de los austriacos y sus aliados se efectuará en la zona de la Marina y casi asegura que será en Altea o Caspe, cosa que efectivamente ocurrió mas tarde. Por ello y ante la falta de tropas, demanda el envió de soldados y pertrechos. En agosto de dicho año, y tal como había previsto Mendoza, se efectúa el desembarco de las tropas enemigas en Altea, y avanzan rápidamente hacia la capital del reino. Por ello hace un último llamamiento para intentar atraerse en lo posible a los que por entonces constituían los llamados “maulets”, o sea, partidarios del austriaco. El bando del virrey, del cual traduzco al castellano el contenido más importante, dice lo siguiente: “De part del Ilustrisim y Excelentisim Senyor Don Antoni Domingo de Mendoza, Caamaño, Sotomayor, Marqués de Villagarcia, Comte de Barrante, Senyor de Vistalegre, y Rubianes, Alcayt Machor perpetuo de la Fortalea de Arbeteta, Cavalier del Abit de San laume
de la Espasa, Gentilhom de la Cambra de sa Magestat y de sus Concells Supremos de Italia y Guerra, Virrey y Capita General de la Ciutat y Regne de Valencia.
 
“Que por cuanto en el día 19 de Agosto del presente y corriente año, la Armada de Inglaterra y Holanda atracó en la Playa de la Villa de Altea, en donde estuvo haciendo agua algunos días, y en estos desembarca de la dicha armada entre otros Francés García de Ávila, que junto con muchas personas de dicha Villa fraguaron en aquella un tumulto, sedición y haciendo pregón para que todos se alistasen y cogieran las armas para tomar las Villas, Universidades y Pueblos de aquella marina (se refiere a la comarca de la Marina), contra la Majestad del Rey Nuestro Señor, al abrigo de dicha armada, y Capitaneando el dicho Ávila, con la gente y vecinos de Altea, se introdujeron en diferentes poblaciones de aquella marina, publicando en ella pregones y ofreciendo la exención y libertad de pagar los censos, y parte de los frutos tocante a los señores, suscitando la pretensión que ocasiona el motín y conmoción de los vecinos de los pueblos de los señores del año 1693, y con estos alborotos y violentas operaciones, entraron por el Marquesado de la Ciudad de Denia, y habiéndose colocado diez naves y dos balandros de la dicha Armada a la entrada del Puerto de dicha Ciudad amenazaron con hostilidades a los vecinos de aquella, y obligaron a entregar dicha Ciudad, donde se ha puesto guarnición de vecinos de los mismos pueblos, negando la obediencia a su Rey y Señor natural y continúan en alterar los ánimos de muchas personas de diferentes Villas, Universidades y Pueblos de aquellos contornos, formando ejército y alzando banderas para violentar y sujetar los pueblos, que se mantienen leales, e inquietando la paz pública del presente reino. Todo lo cual redunda en gran escándalo de Dios Nuestro Señor, de la Real Majestad, y tratando su Excelencia de hacer el ejemplar castigo, que tal sedición y tumulto merece, y considerando que muchos con violencia, y engarfiados siguieron las dichas facciones. Por eso su Excelencia con el voto y parecer del Magnifico Regente, la Real Chancillería, Nobles y Magníficos Doctores del Real Consejo, usando de su gran piedad, delibera, determina y manda a toda la dicha gente sediciosa (exceptuando todas aquellas personas que se hayan señalado como cabezas de dicha sedición, o que hayan inducido y seducido a dicha gente, a los cuales no concedo, ni entiendo conceder indulto alguno) que dentro de tres días contados desde la publicación de la presente se retiren a sus casas dejando las Armas, con el indulto que les ofrezco, y no haciéndolo se les pasará al dicho castigo, y para mayor autoridad, ahora por entonces, publica contra dicha gente, rebelde y traidora a su Rey y Señor natural la guerra punitiva, y como a Capitán General exigirá su Excelencia y se pondrá en campaña, para castigar dicha Gente, que se ha armado, teniendo el atrevimiento de alzar banderas, y perturbar la paz pública, y su Excelencia obrará como a Capitán General en aquellos, todo lo que le permita el estrépito de las armas. Y pera que vinga a noticia de totd sa Excelencia mana fer y publicar la present publica Real Crida”.
 
De nada sirvió la amenaza o el perdón, ya que tanto las tropas desembarcadas como los paisanos armados que se les unieron avanzaron rápidamente hacia Valencia. Don Antonio se encontraba prácticamente indefenso ante la invasión de los aliados, puesto que solo disponía de los 24 miembros de su guardia y unas milicias urbanas y rurales, “pero era imposible utilizarlas contra su pueblo.
 
Ante dicha situación, el virrey pide con urgencia tropas al rey, sobre todo caballería, y le son enviados 1.800 caballos al mando del mariscal de campo Luis de Zúñiga, que tras llegar a Valencia el 29 de agosto se encamina hacia Gandía para detener a los invasores. Ocurre al poco tiempo que llegan noticias del levantamiento de Aragón y Cataluña, por lo que las autoridades de Madrid deciden retirar la caballería de Valencia y enviarla hacia Cataluña, dejando solo al virrey al mando de un destacamento de soldados catalanes, para evitar que se unan a las tropas de su condado, en el caso de estar cerca de ella. Esta pequeña tropa de 200 soldados quedó al mando de Rafael Nebot y, con cargo a la ciudad, los gastos que ocasionaran, lo cual se traducía en mas inquina hacia la causa de los Borbones. Al poco tiempo llegan noticias al virrey de que han surgido nuevos focos de rebeldes en Vinaroz, al norte de Valencia, y lo que es peor aún, en la misma Tortosa, población que estaba considerada como el “Único antemural de todo el Reyno” para detener a los rebeldes.
 
Ante la gravedad de invasión a la vez por el norte y por el sur, la propia ciudad de Valencia arma algunas tropas para aumentar el poco ejército que suponía un regimiento que estaba a las órdenes directas de Mendoza, también pagado, por cierto, por la ciudad de Valencia. Todo ello suponía mayores impuestos para el pueblo llano, por lo que cada vez eran más los que se decantaban por los austriacos del archiduque Carlos, que les ofrecían “libertad de pagar los censos y parte de los frutos tocantes a los Señores”. En diciembre de 1.705, el marqués de Vilagarcía notifica a Ios estamentos eclesiásticos y nobles de la ciudad de Valencia, que el regimiento de Nebot que había sido enviado hacia Gandía para detener a los enemigos se había pasado a estos, “por lo que el avance de los austriacos hacia Valencia era inminente”. Efectivamente, a finales de año se presentan ante la capital, y como ni había fuerza suficiente para detenerles, ni se reciben tropas de la capital, el virrey dimite de su cargo y se marcha hacia Madrid.
 
Los historiadores de la llamada Guerra de Sucesión, sobre todo valencianos y catalanes, acusan al marqués de Villagarcía de que su vacilación fue la causa de que los paisanos del reino de Valencia se inclinaran hacia la causa austriaca, que posteriormente, al finalizar la guerra, les
supuso la pérdida de los fueros. Sin embargo, y como hemos visto, antes de la entrada de las tropas aliadas en el reino, las condiciones existentes en el territorio eran de franca animadversión hacia los franceses, por lo que la vacilación del marqués de VllagarcÍa apenas podría haber alterado el curso de los acontecimientos.
 
A su favor están historiadores neutrales como Pedro Voltes Bou que dice que “el virrey borbónico, marqués de Villagarcia, tendría que resignarse a entregar La capital al enemigo, imitando el desairado papel de su colega de Barcelona, don Francisco de Velasco. Conocemos demasiado la entraña política y social de la adhesión catalana a la causa de Archiduque como para no aceptar con reservas la desmesurada afirmación de Martínez Aloy de que “el virrey, hechura de Felipe V, el arzobispo que entonces lealmente lo acataba, el regente y los oidores que en nombre de aquel administraban justicia, algunos jurados incluidos por merced en las listas de insaculables y muchas personas interesadas en el Real Erario, aprestéronse resistir, pero hubieron de cejar ante el sentimiento de simpatía mas o menos vehemente que inspiraba aquí, el príncipe de una casa como la de Austria, naturalizada ya en España frente a la ambición insaciable de la dinastía francesa.
 
Igual opinión tiene el investigador Perales cuando dice que: “La ciudad de Valencia hizo todos los esfuerzos imaginables para que el gobierno de Felipe V atendiese la defensa del reino y hasta el cabildo elevó una exposición al soberano tan enérgica como sentida, a la cual acompañaba un donativo de mil duros que recibió el gobierno, destinando entonces un regimiento de caballería a este reino, con la obligación de que fuese mantenido a costa del Pals y cuyos gastos corrieron de cuenta de la ciudad. Es indudable que el gobierno de Felipe V no se cuidó gran cosa de la defensa de este reino, que le hubiera sido adicto con la presencia de tropas reales necesarias para contener a las fuerzas enemigas y a la sedición que cundía en todo el reino propagada por las gentes del Archiduque y por otros muchos personajes de las diversas clases sociales que le eran afectos”.
 
En otro aspecto de su mandato están de acuerdo incluso los historiadores enemigos de don Antonio: durante el tiempo que estuvo como virrey, “limpié de mendigos la capital del reino de Valencia” sobre todo por lo drástico de sus bandos.
 
Tras la reconquista de la ciudad y el reino de Valencia por las tropas de Felipe V, el monarca le quitó los fueros que tanto amaban sus habitantes, pasando a transformarse el reino en un territorio nacional como el resto de Castilla. El llamado decreto de Nueva Planta de 29 de junio de 1707, que abolía los fueros del reino decía lo siguiente: “Considerando haber perdido los reinos de Aragón y de Valencia, y todos sus habitadores, por la rebelión que cometieron, faltando enteramente al juramento de fidelidad que me hicieron como a su Legitimo Rey y Señor, todos los fueros, privilegios exenciones y libertades que gozaban, y que con tal liberal mano se les había concedido, así por mí como por los Reyes mis predecesores, particularizándolos en esto de los demás reinos de mi corona, y tocándome el dominio absoluto de los referidos reinos de Aragón y Valencia, pues a la circunstancia de ser comprendidos en los demás que tan legítimamente poseo en esta monarquía, se añade ahora la del justo derecho de la conquista que de ellos han hecho últimamente mis armas con el motivo de su rebelión; y considerando también que uno de los principales atributos de la soberanía es la imposición, y derogación de las leyes, las cuales, con la variedad de los tiempos y mudanzas de costumbres podía yo alterar; aun sin los grandes y fundados motivos y circunstancias que hoy concurren para ello en lo tocante a los de Aragón y Valencia: He juzgado por conveniente, así por esto, como por mi deseo de reducir todos mis Reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y tribunales, gobernándose igualmente todos por las leyes de Castilla, tan loables y plausibles en todo el universo, abolir y derogar enteramente como desde luego doy abolidos y derogados todos los referidos fueros, privilegios, practicas y costumbres hasta aquí observadas en los referidos reinos de Aragón y Valencia.
 
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